Fundador del Instituto de Hermanas
de la Divina Providencia
El fundador de las Hermanas de la Providencia,nació en Cutting, Francia, el 27 de enero de 1730, en una de esas buenas fincas del entonces ducado de Lorena, en la comarca de las salinas y las lagunas. Los establos eran amplios, las cosechas diversas y las bodegas de vino bien surtidas. Sus raíces familiares se hunden profundamente en ese territorio. De larga data, sus ancestros están implantados en Lorena.
Sus padres le hacían trabajar en el campo pero también lo hicieron estudiar. Sus profesores sucesivos previeron para él una carrera brillante. En sus estudios se destacó por los conocimientos en idiomas antiguos, en lógica y en historia de la Iglesia.
"Pero la vida real no me tentaba mucho. Fui ordenado sacerdote a los 24 años para ser sacerdote de Jesucristo y nada más. Felizmente no estaba solo. Con otros sacerdotes jóvenes formamos un pequeño grupo. ¿Cuál era nuestra fuerza? Contar más con el dinamismo del espíritu, la oración y la exigencia personal, que con las opiniones del clero mundano.A China llega un Juan Martín totalmente transformado en comerciante de cabello largo y barba como los chinos. Y con un apellido que también suena a chino: ´Moi´. Pero el país está prohibido a los misioneros. Va a tener que actuar con astucia. Arrastrarse en los campos de maíz para esconderse. Atravesar a pie altas montañas y a nado varios ríos.Durante 10 años Moye vivirá lo que no dejó de repetir a las Hermanas: asumir los riesgos que exija una buena obra con confianza en la Providencia. Entre benevolencia y traición estará a merced de la gente. Hasta en su deseo, Juan Martín se entrega a Dios. "No me prometí convertir primero muchas almas sino hacer y sufrir en China lo que Dios quisiera."Juan Martín es un infatigable caminante y su parroquia es tan extensa como Francia y España juntas. En el camino los chinos lo detienen y lo golpean. "A veces tenía tanto miedo que no sentía el dolor." Entre dos vigías celebra la misa, instruye, exhorta. Observa también, escucha, aprende costumbres, nociones jurídicas cuya sabiduría reconoce. En el contacto con la gente perfecciona rápidamente su chino, hasta el punto de escribir bellos textos de oración en este idioma.
En otras partes lucha contra prácticas usureras fuertemente implantadas en China y que impiden a los pobres salir del círculo infernal de las deudas. En un pequeño seminario en la montaña consagra tiempo a la formación del clero local.En 1783, después de 10 años de trabajo, agotado por varias enfermedades, Moye vuelve a embarcarse para Francia.Tréveris, Alemania, en la primavera de 1793, rebosa de gente que huye de la Revolución Francesa. La ciudad huele a tifo. Juan Martín, que no ha dejado de prodigar cuidados a los enfermos, contrae el implacable mal. En la cama de una humilde buhardilla espera la muerte. Quiere mirarla de frente. Bendice a algunas Hermanas: "Crezcan y multiplíquense si tal es la voluntad de Dios."El 4 de mayo vive su muerte como vivió su vida: entregándose sencillamente en las manos de Dios.
Sus padres le hacían trabajar en el campo pero también lo hicieron estudiar. Sus profesores sucesivos previeron para él una carrera brillante. En sus estudios se destacó por los conocimientos en idiomas antiguos, en lógica y en historia de la Iglesia.
"Pero la vida real no me tentaba mucho. Fui ordenado sacerdote a los 24 años para ser sacerdote de Jesucristo y nada más. Felizmente no estaba solo. Con otros sacerdotes jóvenes formamos un pequeño grupo. ¿Cuál era nuestra fuerza? Contar más con el dinamismo del espíritu, la oración y la exigencia personal, que con las opiniones del clero mundano.A China llega un Juan Martín totalmente transformado en comerciante de cabello largo y barba como los chinos. Y con un apellido que también suena a chino: ´Moi´. Pero el país está prohibido a los misioneros. Va a tener que actuar con astucia. Arrastrarse en los campos de maíz para esconderse. Atravesar a pie altas montañas y a nado varios ríos.Durante 10 años Moye vivirá lo que no dejó de repetir a las Hermanas: asumir los riesgos que exija una buena obra con confianza en la Providencia. Entre benevolencia y traición estará a merced de la gente. Hasta en su deseo, Juan Martín se entrega a Dios. "No me prometí convertir primero muchas almas sino hacer y sufrir en China lo que Dios quisiera."Juan Martín es un infatigable caminante y su parroquia es tan extensa como Francia y España juntas. En el camino los chinos lo detienen y lo golpean. "A veces tenía tanto miedo que no sentía el dolor." Entre dos vigías celebra la misa, instruye, exhorta. Observa también, escucha, aprende costumbres, nociones jurídicas cuya sabiduría reconoce. En el contacto con la gente perfecciona rápidamente su chino, hasta el punto de escribir bellos textos de oración en este idioma.
En otras partes lucha contra prácticas usureras fuertemente implantadas en China y que impiden a los pobres salir del círculo infernal de las deudas. En un pequeño seminario en la montaña consagra tiempo a la formación del clero local.En 1783, después de 10 años de trabajo, agotado por varias enfermedades, Moye vuelve a embarcarse para Francia.Tréveris, Alemania, en la primavera de 1793, rebosa de gente que huye de la Revolución Francesa. La ciudad huele a tifo. Juan Martín, que no ha dejado de prodigar cuidados a los enfermos, contrae el implacable mal. En la cama de una humilde buhardilla espera la muerte. Quiere mirarla de frente. Bendice a algunas Hermanas: "Crezcan y multiplíquense si tal es la voluntad de Dios."El 4 de mayo vive su muerte como vivió su vida: entregándose sencillamente en las manos de Dios.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario